Sanando al Niño Interior: Abordando el Trauma y el Abandono

Cuando los niños están heridos o traumatizados y no pueden obtener consuelo de nadie más, puede provocar mucho dolor y trauma sin resolver. Cuando un niño se retrae, a menudo lo hace de forma que la herida emocional no cicatriza correctamente o se queda abierta. Esto puede ser problemático porque puede conducir a situaciones futuras en las que la persona se retraiga nuevamente (Stodola, 2020).

Las heridas emocionales también pueden ser tan difíciles de curar como las heridas físicas. Para algunas personas, las heridas emocionales son aún más difíciles de tratar (Townsend, 1996). Cuando sucede algo traumático, puede parecer que todo el mundo está en contra de esa persona. Es posible que se sienta que no puede superar lo que sucedió, o que todos estén tratando de atraparlo.

Por lo tanto, es importante reconocer cuando alguien se está retrayendo y tomar las medidas adecuadas para asegurar su curación. El asunto es que el niño todavía no tiene una forma efectiva de lidiar con eso y todavía se siente inseguro. Como si estuviera perdiendo el control (Pollard, 2018). Esto puede conducir a una gran cantidad de ansiedad y angustia que se va acumulando y se afianza en la persona adulta.

Es importante recordar que los niños tienden a sentirse vulnerables y que su retraimiento es su forma natural de tratar de protegerse del mundo que están empezando a conocer. Por ello, los niños tienden a desarrollar conductas poco saludables cuando no son capaces de resolver una situación emocional por ellos mismos. Pueden evitar situaciones o interacciones sociales para evitar un posible rechazo o abandono. Pueden alejarse de los demás o volverse solitarios para protegerse y tratar de mantenerse lo más seguros posible (Pollard, 2018).

Los comportamientos traumáticos de los cuidadores del menor pueden ser un caos para los niños porque no entienden por qué su ser querido está haciendo estas cosas. Pueden sentirse asustados, abandonados y sin apoyo. Los niños pueden tratar de llenar este vacío en su cuidado comportándose de manera dolorosa para los cuidadores (Muris, y otros, 2016). Estos comportamientos pueden incluir rabietas, retraimiento y agresión. Un cuidador puede sentirse abrumado y sentir que no puede controlar al niño. En su libro, Lonely in America, traducido como Solo (de soledad) en EE. UU., Suzanne Gordon (1976) menciona que la soledad para estos niños los abruma en que no sienten apoyo de ningún lado ya que no tienen con quién más ir. Sus padres son su todo y el resultado que obtienen de este abandono es la angustia y el temor de querer y no poder aferrarse a su figura materna.

Tienen este cuidador, que se supone que los ama y los protege incondicionalmente, pero se comportan de manera hiriente. Algunos de estos comportamientos son el retraimiento físico o emocional o incluso el abandono.

Estar al pendiente de los niños, ser parte integral en su desarrollo y cuidar a los pequeños no siempre es posible por el cuidador, quien en ocasiones sabe que no es capaz de lidiar con esto. Generalmente puede ser porque está demasiado ocupado con su propia vida y sus propios problemas. Para el menor, esto puede ser realmente difícil de lidiar, porque está teniendo una experiencia muy frustrante que puede generar un sentimiento de abandono o inseguridad. (Gordon, 1976) Pero también el adulto siente como si no pudieran proteger al niño o ayudarlo a sanar del dolor que está experimentando (Pollard, 2018) y, peor aún, sabe que quizá está haciendo lo mismo que éste vivió cuando era pequeño y que ahora lo está replicando en el menor. Pero no siempre hay esta consciencia en el adulto.

Otras veces, el cuidador ni si quiera lo está haciendo por imitar un comportamiento o porque está muy ocupado con su vida o sus problemas. En estas ocasiones, quizás el cuidador tiene un problema de salud mental o un problema de adicción. Esto impide que pueda estar presente, física o emocionalmente. También puede llegar a lastimar físicamente al menor debido a esta situación. Empero, el niño no entiende eso. El niño no sabe que su cuidador tiene una enfermedad o trastorno. Y si no se le ayuda a que pueda procesar esta situación, se convierte en sea un problema a largo plazo como tener deficiencias cognitivas y académicas, retraimiento social, interacciones limitadas con sus similares e internalizar sus problemas en lugar de externalizarlos. (Hildyard & Wolfe, 2002)

Una de las cosas que se puede hacer para ayudar al niño a procesar esto es involucrarlo en el tratamiento del cuidador. Esto puede ayudar al niño a entender el proceso que está llevando a cabo su cuidador y que entienda que va a recibir ayuda y que su relación con el cuidador no se verá afectada negativamente. También puede ayudar al niño a sentirse conectado y comprender el problema del cuidador, en lugar de sentirse desplazado o excluido. (McAlpine, Marshall, & Doran, 2001)

También es importante hablar de aquellas ocasiones en las que cuando el niño no actúa de la manera que el cuidador quiere, el niño recibe un castigo de ausencia física o emocional del cuidador. Esto es, el cuidador puede salir corriendo de la casa, retraerse emocionalmente, darle la espalda al niño y no hablar con él durante dos o tres días. Este tipo de acciones también generan ansiedad en el menor. (Gordon, 1976)

En algún lugar del cerebro primitivo del ser humano existe este conocimiento de que dependemos de los cuidadores para sobrevivir. Necesitamos cuidadores que estén ahí para nosotros, que estén ahí para nuestra seguridad y que nos ayuden a convertirnos en los adultos que debemos ser para que la sociedad prospere (McAlpine, Marshall, & Doran, 2001).

Pero con demasiada frecuencia, los cuidadores están allí sólo para satisfacer sus propias necesidades, en lugar de las necesidades del niño. Esto crea un niño que está doblemente en desventaja. No solo no tiene apoyo, también es avergonzado y criticado, generando conductas desafiantes y ansiedad o angustia en el menor (Muris, y otros, 2016).

En algún momento, el cuidador deja de ser quien brinda sustento, seguridad, amor y cuidado y se convierte en una figura exigente en la vida del niño. En lugar de una fuente de consuelo y apoyo, el cuidador puede convertirse en una fuente de vergüenza y crítica que genere un efecto muy negativo en el niño al experimentar posibles sentimientos de insuficiencia, miedo e inseguridad. (Muris, y otros, 2016)

Los niños no son perfectos. No necesitan estar a la altura de los ideales y expectativas del cuidador. ¿Por qué deberían? Si se está dando retroalimentación que avergüenza o critica, especialmente si humilla al niño frente a otras personas o si se siente avergonzado y/o criticado regularmente y siente que no puede hacer nada bien, los siguientes miedos aparecen de acuerdo con el Ciclo Gestalt de Salama. Existe la sensación de que no merecen (fase 1) ya que no importa que hagan, serán criticados. Nace el miedo a no ser amados (fase 2) debido a que son lastimados emocionalmente y prefieren dejar de sentir para no sufrir el rechazo. Aparece el miedo a que los lastimen (fase 3), por lo que culpan a otras personas o situaciones para evitar el daño imaginado. Nace el miedo al rechazo (fase 4) ya que se atribuye mensajes o culpas que provienen de sus cuidadores y tratan de hacer lo necesario para evitar ser avergonzados o criticados. Tienen miedo a actuar (fase 5) ya que, de hacerlo, podrían afectar a terceros, por lo que prefieren afectarse a ellos mismos. Aparece el miedo a enfrentar (fase 6) debido a que ven a sus cuidadores como superiores, los idealizan y les tienen temor. Existe el miedo a que los abandonen (fase 7) por lo que pueden comenzar a perder sus límites y tratar de quedar bien con sus cuidadores, a como dé lugar. Y también, tienen miedo a estar solos (fase 8), aferrándose a las personas, situaciones o cosas ya que ¿qué podrían hacer si se encuentran solos? (Salama, 2015)

Cuando un cuidador primario o secundario culpa al niño por cómo se siente, afecta varios aspectos de la personalidad del menor. Por ejemplo, un cuidador podría decir: “Es tu culpa que yo esté tan enojado” o “Eres un niño tan malo porque no hiciste lo que te pedí”. La culpa es cuando un cuidador anhela constantemente que el niño apruebe todo deseo del adulto y se desilusiona o enoja cuando el niño no cumple con estas expectativas.

Culpar al menor es increíblemente destructivo y no solo hace que el niño se sienta mal, sino que también pueden provocar una falta de confianza. Pueden sentir miedo, rechazo y, nuevamente, abandono. Los niños pueden pensar “¿Cuándo vas a dejar de soltarme? ¿Cuándo dejarás de burlarte de mí o de menospreciarme por cometer errores por mis fracasos? ¿Cuándo dejarás de exhibir mis emociones para que no siga sintiéndome cohibido e inseguro cuando estoy cerca de ti?

Puede ser muy tentador usar el poder y la autoridad de ser adulto para obtener lo que se quiere de un niño, pero no es ni justo ni saludable. De hecho, puede ser bastante destructivo, tanto para el niño como para la relación que existe con el adulto. Los niños no deben hacer cosas que no estén en su mejor interés (McAlpine, Marshall, & Doran, 2001). Manipularlos emocionalmente o darles falsas esperanzas es un tipo de abuso infantil llamado “abuso intelectual infantil” que, en otras palabras, es cuando un cuidador socava deliberadamente la inteligencia, la independencia o la confianza en sí mismo de un niño para controlarlo. De acuerdo con Psych Central, el abuso intelectual o espiritual se refiere a aquellas acciones en las que se castiga a alguien por tener intereses intelectuales o creencias religiosas diferentes a otros en la familia, evitando que puedan ejercer sus creencias o ridiculizar sus opiniones por nombrar algunas (2016).

Algunos ejemplos de esto son:

1.    Cuando el menor presenta bajas calificaciones en la escuela y es obligado a realizar las tareas del hogar en lugar de dejar que se divierta.

2.    Cuando se le critica sin base fáctica. Esto puede hacer que el niño sienta que no puede confiar en sí mismo y puede comenzar a desconfiar de sus propios pensamientos y sentimientos.

3.    Cuando constantemente se les dice que el adulto estará en algún evento importante (recital, obra de teatro, honores a la bandera, etc.) y luego no se presenta.

4.    Cuando se hacen promesas y no se cumplen.

5.    Cuando se les dice que se va a mantener algo en privado y luego el adulto lo hace público.

En todos estos ejemplos el niño probablemente se sentirá avergonzado pues un tutor debe ser alguien en quien puedan confiar. Alguien que sea honesto y directo, pero que también se preocupe por lo que tiene que decir. Un guardián debe ser compasivo (Cornejo, 2003). Es importante recordar que los niños a menudo intentan descifrar el mundo por primera vez. Ayudarlos a entender y navegar su camino a través de él lo mejor que puedan es parte fundamental del trabajo como cuidadores o tutores (McAlpine, Marshall, & Doran, 2001) .

Enseñarles a los niños sobre la importancia de la honestidad y la integridad es esencial para el desarrollo de su personalidad adulta. Si un cuidador está manipulando a un niño para obtener lo que quiere, le enseña que está bien mentir y engañar para lograr el éxito. Esto se consolida en un introyecto que afectará en las tomas de decisiones futuras de esta persona. Salama menciona que:

Inicialmente, a través de la comunicación no verbal, el niño […] se va desarrollando y recibe y acepta todos los mensajes que se le dan o que capta, ya que aún no logra discriminar cuáles son positivos y cuáles son negativos. El niño lo hace para ser aceptado y ello es por el instinto de sobrevivencia. Cuando crece y logra incrementar su consciencia, puede diferenciar los positivos (internalizaciones) de los negativos (introyectos).

Cuando alguien hace que un niño se sienta cohibido o inseguro, el niño puede sentirse realmente aterrado, al grado de traumarse. Puede haber sensación de que no se hace nada bien. A esto se le une la invalidación de los sentimientos del niño y se logra que el menor no sepa cómo manejar la situación. Esto posiblemente genera angustia y que haya sensación de que no tiene control, inclusive sobre su propia vida.

El objetivo de un cuidador es cuidar a otra persona. A menudo un niño pequeño. Es por ello por lo que nosotros utilizamos este término y no otro. Cuidar a un menor puede involucrar una amplia gama de tareas, que incluyen proporcionar comida y refugio, enseñar al niño cómo comportarse y ayudarle a enfrentar la vida en los términos de la vida misma. (McAlpine, Marshall, & Doran, 2001)

Para ser un buen cuidador, la persona debe estar bien educada sobre el desarrollo infantil y ser capaz de adaptar sus interacciones con el niño para satisfacer sus necesidades. Sin embargo, no nacemos con esas habilidades. Necesitamos desarrollarlos. O al menos, cuando un niño se nos acerque y exprese sus emociones, debemos ser conscientes de no menospreciarlo y decirle que está exagerando.

Tampoco debemos ignorar sus emociones o burlarnos de ellas. Eso probablemente los hará sentir cohibidos y avergonzados de sus sentimientos, y aun así no sabrán cómo lidiar con estos sentimientos abrumadores.

Entonces, aprenderán a aguantar todo, porque se sienten más seguro y no hay manera de expresarse. Sienten que están rotos, y no solo por las palabras hirientes que les dijeron, sino porque no saben cómo curarse a sí mismos. Y es que cuando reprimimos nuestras emociones, no solo nos lastimamos a nosotros mismos, también lastimamos a las personas que nos rodean (Gordon, 1976).

Si no dejamos salir nuestros sentimientos, las emociones negativas se acumulan y eventualmente pueden causar mucho daño. Por eso es tan importante aprender a manejar nuestras emociones de manera efectiva.

El Enmeshment o enredo en español, es una forma de trauma que resulta cuando los cuidadores violan los límites emocionales y mentales de un niño (Williams & Hiebert, 2001). Esto ocurre a menudo cuando los cuidadores le dicen al niño lo que tienen que hacer, lo que les debe gustar, lo que no les gusta, lo que van a ser cuando crezcan, incluso lo que deben sentir. Esto evita que el niño aprenda a desarrollar su propia autoestima.

En realidad, a este tipo de cuidadores no les importa lo que diga el niño. Quieren micro-gestionar todos los aspectos de la vida del niño, siendo una acción muy intrusiva. Esto puede hacer que el niño se sienta abrumado, inseguro, constantemente expuesto y lamentablemente pudiera ser muy dañino para el desarrollo del niño, además de causar problemas psicológicos a largo plazo. Especialmente si les dices que, si no hacen algo, les negarás el amor.

El amor no debería estar condicionado a lo que haga o no un niño.

Cuando una persona retiene el amor, esencialmente está rechazando a la persona en cuestión. Esto puede verse como un problema de abandono, ya que la persona queda fuera de aspectos críticos de su vida (Gordon, 1976). Además, negar el amor puede verse como un rechazo de la persona misma.

Esto se debe a que el amor es una parte fundamental de lo que somos y sin él el individuo se siente incompleto (Osho, 2009). Entonces, si no se hace, es una forma de tortura emocional y puede ser profundamente hiriente.

Piensa en qué comportamientos tus cuidadores te condicionaron el amor. ¿Te gustaron esos comportamientos? ¿De qué manera los estás imitando ahora?

¿Cómo aprendemos y qué podemos hacer con el aprendizaje?

Aprendemos lo que vivimos. Aprendemos lo que hacemos en nuestra vida personal y en nuestra vida profesional. Aprendemos lo que hacemos con nuestro tiempo y aprendemos lo que pensamos. También, aprendemos lo que debemos creer.

Incluso aprendemos lo que creemos que es importante para nosotros, para nuestros sueños y nuestras metas. Somos máquinas de aprendizaje. Aprendemos el sentido del yo y lo que es importante para nuestra felicidad y nuestro bienestar. Y aprendemos lo que es importante para nuestro éxito. (Osho, 2009)

Hay muchas maneras diferentes en que los cuidadores pueden reaccionar ante una situación y puede ser difícil para un niño aprender a sobrellevar estas reacciones. Por lo general, aprendemos la forma en que nuestros cuidadores hacen frente y la forma en que respondieron a diferentes situaciones (Pollard, 2018). Tal vez salían furiosos si las cosas no salían como esperaban. O tal vez nunca hablaron de sus sentimientos, o invalidaron sus propias emociones o los sentimientos de su pareja.

No existe una forma correcta de hacer las cosas, solo la forma que funciona mejor para cada persona. A veces, cuando somos conscientes de nuestros propios patrones predeterminados, aprendemos a adaptarlos para reflejar mejor quienes somos y nuestros puntos fuertes. Pero primero debemos admitir qué aprendimos de nuestra familia de origen que nos sirvió para mantenernos a salvo. Esto no significa necesariamente que sea un patrón saludable. (Pollard, 2018)

Por ejemplo: Digamos que llegas a casa un día y le dices a tu cuidador que acabas de romper con tu primer amor. Te sientes devastado y quieres llorar. Entonces, tu cuidador decidió deliberadamente ignorar tus sentimientos o minimizarlos y tú recibiste el mensaje de que estarás bien en unos días, pero sentiste que no te tomaron en serio. ¿Cómo te sentirías? No validaron tus emociones y no te ayudaron en absoluto.

Esto es sentirse emocionalmente abandonado. La necesidad de resolución del objeto relacional no fue resuelta y, por lo tanto, necesitarás resolverlo todo por ti mismo. Pero no es lo mismo tener que resolver todo por ti mismo a tus treintas que a tus diez. Por lo que, si fueras capaz de dejar que tu yo futuro ayudara a tu yo pasado con esta situación, ¿qué pista crees que te darías sobre cómo sería mejor afrontar esta situación? ¿Cómo podrías validar esas emociones que sentía tu yo pasado? ¿Cómo puedes lidiar con esa situación con el conocimiento del yo futuro? ¿Cuál hubiera sido una respuesta más enriquecedora para tu yo pasado?

Como se observa, mucho de lo que hacemos es ayudar a las personas a volver a aprender cómo interactuar con los demás de una manera más saludable y auténtica. Esto a menudo implica aprender a establecer y hacer cumplir los límites, así como a tolerar y/o a hacer frente a las emociones difíciles al volver a educar a ese niño interior herido, para que aprenda a relacionarse con los demás mientras se mantiene seguro en ese entorno.

Sobre el yo auténtico y el yo inauténtico

Cuando solo se está tratando de ser la persona que todos los demás querían que fuera, se impiden ser quien realmente se es. Es posible que se haya desarrollado un yo inauténtico o, en otras palabras, un yo falso, para encajar. En Gestalt, Salama (2012) lo llama “no yo” o “pseudo yo”. Ésta es una forma limitada de vivir. Cuando las personas tratan de ser alguien que no son, a menudo terminan sintiéndose miserables e inseguras (Muris, y otros, 2016).

Un niño inseguro que no ha resuelto este problema puede ser envidioso o crítico para asegurarse de que otras personas no sean valoradas más que él. También pueden tratar de convertirse en el centro de atención al tener una personalidad perfeccionista: Si hacen todo como deben, entonces, tal vez, su cuidador los acepte y sean amados por ellos. Y por querer hacer todo perfecto, todo el tiempo, se frustran y se vuelven temperamentales. (Muris, y otros, 2016)

Pueden ser demasiado conformistas, que coincide con ese “no yo” o “ser inauténtico” que ya hemos descrito anteriormente (Salama, 2015). Es posible que no estén tomando una iniciativa independiente y estén repitiendo lo que otros les han dicho que hagan.

Pueden pedir disculpas en exceso, lo que también va de la mano con esa falta de confianza en sí mismo. Tienen demasiado miedo de defenderse a sí mismos, lo que significa que a menudo terminan teniendo que defender a otras personas. Y debido a que no toman la iniciativa y no tienen intereses ni pasiones propias, no tendrán nada valioso que ofrecer. (Salama, 2015)

La mayoría de las veces, cuando se vuelven adultos, en sus relaciones, tienden a seguir las solicitudes de su pareja sin hacer valer su propia voluntad pues están bloqueados en la fase de contacto ya que no pudieron satisfacer esa necesidad cuando eran pequeños y tuvieron que confluir con lo que “debían hacer” para evitar ser abandonados. Esto puede ser un problema porque dificulta que la persona se cuide y tome decisiones por sí misma.

Esto se debe a que aprendieron a hacer lo que su cuidador quería que hicieran. Ahora suelen ser pasivo agresivos porque negaron u ocultaron sus propios sentimientos. (Salama, 2015)

Si alguien recibió un mensaje de que no era seguro expresar sus sentimientos, es posible que tema que lo humillen, se rían de él o lo traten de manera diferente de alguna manera (Muris, y otros, 2016). Esto podría evitar que sientan sus emociones y podría llevarlos a negarlas. En realidad, dirán, después de haber sido heridos con palabras, que está “bien”, pero se nota que en realidad no están bien. (McAlpine, Marshall, & Doran, 2001)

Probablemente quieran expresar sus sentimientos, pero tienen demasiado miedo de hacerlo.

Es difícil saber qué hacer cuando no sabemos cómo satisfacer nuestras necesidades. Peor así, un niño. Esto puede generarle mucho caos en su vida y en la vida de quienes los rodean. Si no reciben el apoyo que necesitan de sus cuidadores, puede ser realmente difícil sobrellevar la situación (McAlpine, Marshall, & Doran, 2001). Es posible que hayan tenido que asumir el papel de los padres para satisfacer sus necesidades emocionales. (Pollard, 2018)

Si no recibe el apoyo que necesita de sus cuidadores, es posible que se sienta realmente aislado (Gordon, 1976). Incluso en una casa llena de familia, el niño puede sentirse solo. Los cuidadores no satisfacen las necesidades de amor del menor, por lo que cuidar ambas relaciones (cuidador y menor) se convierte en una forma de intentar sobrevivir.

Imaginemos también que, en el hogar de este menor, se desacreditaban o incluso se burlaban del menor cuando mostraba sus emociones. Así que este niño siempre tenía que fingir “ser fuerte”, en la definición de que ser fuerte es no mostrar las emociones, incluso cuando se sentía deprimido.

Esto le enseñó que no está bien “ser débil”, en la definición de que ser débil significa mostrar las emociones. Entonces, para este menor, sentirse amado, aceptado, validado y tratado con amabilidad es muy difícil, ya que realmente no confía en que estará a salvo en esta nueva situación (Gordon, 1976). Este tipo de niños aprendieron a controlar su mundo y esconder sus emociones, o a irse. Aprendieron que, si no eran perfectos, entonces no era seguro estar ahí. Debían tener todo resuelto. Llevamos esto al futuro y sabemos que cuando crecen y quieren entablar una relación, comienzan a tener dificultades para compartir o ceder el control. (Hildyard & Wolfe, 2002)

Entonces, si no tienen el control total de su relación con su pareja, pueden terminar rompiendo con esa pareja y huyendo para recuperar el control. Esto hará que actúen de la misma manera que actuaron cuando estaban con su cuidador principal, abandonándolos emocional y conductualmente, como una forma de reproducir la vieja relación disfuncional que tenían cuando eran niños. (Townsend, 1996)

La mayoría de las personas con niños interiores heridos suelen tener baja autoestima (Cornejo, 2003). A menudo se sienten indignos de las cosas buenas y a menudo tienen miedo de ser lastimados nuevamente. Los apegos y las relaciones seguros nos ayudan a desarrollar la autoestima (Osho, 2009). Estas cosas pueden hacernos sentir seguros y amados. Esto puede ayudarnos a sentirnos bien con nosotros mismos y puede ayudarnos a sentirnos seguros y capaces.

Los niños que no tienen estas necesidades fundamentales de seguridad, amor, validación y aceptación tienen más probabilidades de tener dificultades en sus relaciones (Muris, y otros, 2016). Es más probable que tengan dificultades con la regulación emocional, ya que es posible que no puedan confiar o depender de otros para que les brinden el apoyo necesario que necesitan para sentirse seguros y protegidos. También pueden tener dificultades para expresar sus sentimientos y ser vulnerables con sus parejas. Esto puede hacer que sea difícil para ellos formar relaciones fuertes y saludables. (Muris, y otros, 2016)

No nacemos con esa habilidad, por lo que el primer paso para regular nuestras emociones es poder identificarlas e identificar cuándo las sentimos (Salama, 2015). Como humanos, tendemos a adoptar por defecto nuestros comportamientos instintivos, lo que puede conducir a emociones negativas. Al aprender a identificar qué emociones estamos sintiendo y por qué, podemos comenzar a regularlas (Townsend, 1996).

Cómo manejar nuestras emociones

Ahora tenemos que aprender a manejar nuestras emociones. Esto significa poder salir de nuestro modo predeterminado y participar en comportamientos positivos. Para hacer esto, necesitamos desarrollar habilidades. Por ejemplo, si tendemos a enojarnos fácilmente, podríamos aprender a redirigir nuestra ira de una manera más positiva.

Por último, tenemos que ser capaces de hacer frente a las emociones difíciles. Esto puede ser difícil, pero es importante recordar que las emociones son parte de la vida. Necesitamos aprender a manejar y procesar las emociones para seguir adelante.

Se supone que lo aprendimos al interactuar con nuestros cuidadores o cuando estamos en el patio de recreo y alguien nos agrede de alguna forma y corremos hacia nuestro maestro o cualquier otro cuidador y nos ayuda a sentir calma. Luego nos ayuda a decidir qué hacer y es así como aprendemos a confiar en alguien en quien podemos apoyarnos. Aprender a lidiar con situaciones y personas difíciles es realmente importante. Nos enseña a defendernos, nos enseña a ser valientes y nos enseña a ser felices incluso cuando las cosas no salen como queremos porque tenemos en quiénes buscar ese apoyo.

El niño interior herido puede seguir pensando en términos de todo o nada.

Muchas veces, el desarrollo en ciertas áreas se ralentiza cuando las personas están expuestas a traumas. Es por eso por lo que, si el niño interior está herido, es probable que siga pensando en términos de “todo o nada”. Erik Erikson lo explica en su libro de Infancia y Sociedad (1978) así:

Naturalmente, la serie correspondiente a los padres es al principio de naturaleza infantil: el hecho de que la conciencia humana siga siendo parcialmente infantil durante toda la vida constituye el núcleo de la tragedia humana, pues el superyó del niño puede ser primitivo, cruel e inflexible, como se observa en los casos donde los niños se sobre controlan y se sobre restringen hasta el punto de la autoanulación […] La suspicacia o la ambigüedad que en esa forma se mezcla con la cualidad de todo o nada del superyó […] hace del hombre moral (en el sentido moralista) un gran peligro potencial para su propio yo, y para el de sus semejantes.

Además, también explica que muchas personas con heridas en sus niños interiores son autocríticas. Como resultado, es posible que se estén revisando a sí mismos constantemente y encontrando formas en las que podrían haberlo hecho mejor. Esto a menudo conduce a peleas, huidas o desmayos, porque es un hábito muy difícil de romper. Además, el niño interior herido puede sentir que no es digno ni merece amor, por lo que puede ser especialmente vulnerable a sentir que no merece ser feliz o que es el único que está luchando. Por lo tanto, su motivación puede ser baja debido al miedo al fracaso que experimentan.

Debido a que cuando eran chicos, al intentar algo, podían ser ridiculizados o rechazados por sus cuidadores, más el miedo a ser abandonados, estas personas tienden a experimentar altos niveles de ansiedad en su mundo, ya que es un lugar hostil para vivir. Ahora deben vivir su vida de la misma manera que lo hizo su cuidador para sobrevivir. (Muris, y otros, 2016)

Problemas centrales de personas con heridas en su niño interior

De acuerdo con los autores consultados para esta investigación, podemos condensar los problemas centrales que existen en las personas que tienen heridas en su niño interior:

1.    Necesita estar en control.

2.    Incapacidad para confiar la responsabilidad en alguien más.

3.    Perfeccionista.

4.    Alta tolerancia al comportamiento inapropiado.

5.    Descuido de sus propias necesidades.

6.    Inautenticidad.

7.    Incapacidad para sentirse cómodo.

8.    Incapacidad para compartir cómo se siente.

9.    Impulsividad.

10. Huir o separarse en lugar de jugársela hasta el final.

11. Miedo al abandono.

12. Baja autoestima.

13. Desregulación emocional.

14. Depresión.

15. Ansiedad.

Las tres preguntas

Se propone resolver estos problemas con tan solo las siguientes tres preguntas:

1.    ¿Cómo te ayudó esto a mantenerte a salvo?

2.    ¿Estás actuando desde la perspectiva del niño versus la perspectiva del adulto?

3.    ¿Cómo puedes ayudar a tu niño interior a sentirse validado y seguro?

¿Cómo te ayudó esto a mantenerte a salvo?

Primero es necesario comprender que el niño en cuestión realmente estaba actuando en defensa propia. Por lo tanto, si se le brinda seguridad, su actuar se nulificará o disminuirá (Cornejo, 2003). Para poder brindar esta seguridad, se requiere escuchar al niño, estar con éste y acompañarlo en su proceso. (Mortola, Parra, & Correa, 2010)

¿Estás actuando desde la perspectiva del niño versus la perspectiva del adulto?

Cuando el niño se siente inseguro, se fortalece la conexión entre la amígdala y la conducta primitiva de lucha y huida (Sinek, 2019) pero también se incluye el “desmayo” como otra conducta necesaria para la sobrevivencia (Ridley, 2003). Cualquier estímulo que sea similar o que les recuerde las experiencias amenazantes desencadenará esa respuesta. Tratará de pelear, de correr o incluso se puede llegar a paralizar, porque eso es parte de su viejo esquema. Esto se vive como un modo automático de conducta en el adulto que no sanó las heridas de su niñez. Es por lo que se requiere que se cambie de la perspectiva del niño a la del adulto (Erikson, 1978). ¿Cómo sería actuar desde el adulto? Esta comparación entre la perspectiva del niño y la perspectiva del adulto ayudará a que la persona descubra qué está sucediendo de forma diferente en el presente continuo y de qué forma diferente puede manejar esta situación.

¿Cómo puedes ayudar a tu niño interior a sentirse validado y seguro?

Es importante recordar que lo que el niño necesita sentir es validación por sus emociones. Inclusive si en el escenario específico pareciera que no es lo que se requiere (Mortola, Parra, & Correa, 2010). Brindarle atención a ese sentimiento que está necesitando la persona es una forma de regresión que permitirá que el individuo pueda sanar esa falta que tuvo cuando era niño.

Una vez que se ayuda a que ese niño interior se sienta validado, se puede buscar qué es lo que necesita para sentirse o mantenerse seguro. Aquí se comienza a crear un entorno de seguridad. Debido a ello, está prohibido que se juzgue a la persona por sentir lo que está sintiendo. No hay buenos o malos sentimientos. Solo sentimientos.

La mejor forma de poder desarrollar un apego seguro consigo mismo es sin juzgarse. Es hacerlo diferente a como lo hicieron los cuidadores con los que, seguramente, no se obtuvo ese apego. Ahora la persona lo está construyendo consigo misma y eventualmente lo desarrollará con otras personas, pero primero, enfocarse en construirlo consigo mismo y bríndaselo a su propio niño interior. Reconocer sus sentimientos y tratar de entenderlo desde el punto de vista del niño (Pollard, 2018). La persona se permite sentir esa conexión de confianza, validación y seguridad que solo el mismo individuo puede darse a sí mismo. Una frase que puede usar es: tengo curiosidad por saber por qué me siento así. Por favor, ayúdame a entender qué te hace sentir de esta manera.

Así, el sujeto permitirá que su niño interior comparta y sea vulnerable con el adulto interior. De esta forma se actúa como un adulto protegiendo al niño.

En el siguiente ejemplo se explica cómo identificar al niño interior. Debido a que se busca que la persona siga el ejercicio, se utiliza la voz en segunda persona del presente:

Es posible que te des cuenta de que te estás avergonzando de tus acciones, burlándote de tus palabras o incluso evitando decir cuáles son tus verdaderos pensamientos y sentimientos. De repente empiezas a sentirte enojado.

Esa ira es en realidad tu niño interior que te dice que te detengas para validar tus sentimientos y reconocerlos. Para detenerte y escucharte a ti mismo, porque estás actuando de la misma manera que odiabas que tus cuidadores actuaran contigo. Es importante que aprendas a establecer límites y, así, dejar que el niño interior te calle y puedas empezar a escucharlo.

Luego, podrás protegerlo dejándote sentir las emociones que está teniendo y permitiéndote ser auténtico. Haz todas estas cosas para dejar que tu niño interior hable. De esa manera, comenzarás a sanar.

Establecer límites a cualquiera que te esté lastimando en realidad no es fácil. Por lo general, las familias y las relaciones intentarán que vuelvas a ser el mismo de antes.

Debes prepararte a ti mismo y a tu niño interior para sentirte abandonado, avergonzado, silenciado o incluso agredido psicológica, emocional o físicamente por ellos. Si crees que la agresión puede ser demasiado dura, busca ayuda profesional o acude a la policía para que puedan ayudarte a hacer las cosas de la manera correcta. Tu seguridad es tu prioridad. Nunca te metas en una situación realmente peligrosa. Es por eso por lo que necesitas prepararte a ti mismo y a tu niño interior.

Si puedes soportar la agresión que podrías encontrar, es importante que sepas que es normal que, si expresas tus sentimientos, las personas que te rodean se pueden enojar mucho, pero eso es solo porque necesitan tiempo para procesar este nuevo comportamiento. Reconoce que estás creando una situación diferente y que tu adulto interior es ahora el que protege al niño interior que hay en ti.

Lo que funciona para una persona puede no funcionar para otra, por lo que es importante ver qué funcionará mejor para ti. Es muy importante ser coherente en la relación contigo mismo. Esto significa que siempre estás consciente de ti mismo y no estás ignorando, invalidando o minimizando los sentimientos de tu niño interior.

Puedes hacer una gran diferencia en tu vida. Es especialmente importante en las relaciones. Si eres consistente en tu relación contigo mismo, establece el tono de cómo interactúas con los demás. Si siempre estás atento a los sentimientos de tu niño interior, harás que tu relación sea más positiva y placentera.

Piensa en el niño interior como si fuera una persona real.

Si fuese una persona real, seguramente todos se tomarían el tiempo para abordar las necesidades de ese niño, ¿no es así? Parte de un apego seguro entre la persona y su niño interior es ayudar al niño a aprender que ahora está seguro y que puede disfrutar de vivir en esta nueva zona de confort. Se permite dejar que un hijo fracase y aprenda de sus propios errores, pues estos nuevos errores, con aprendizaje, harán que se sienta seguro haciendo las cosas mal, pues el adulto está ahora cuidando, validando y brindando seguridad a este niño que indaga, investiga, aprende y reconoce el conocimiento que hay en sus experiencias personales.

Es el adulto el que le permite al niño que lo intente de nuevo, una y otra vez, haciendo que, si falla en algo que está haciendo, sea capaz de reconocer que salir de su zona de confort hará que exista ansiedad o angustia por lo que podría suceder. Pero es el adulto el que hace que este sentir, este nerviosismo en sí mismo, es normal. El futuro no tiene por qué ser catastrófico.

Dejar que su niño interior aprenda a hacer frente a las situaciones que encontrará y que aprenda a resolver los problemas de la vida, permitirá que cada vez que reconozca que su niño interior está haciendo una rabieta, podrá ser capaz de decirle que está bien sentirse así y ayudarlo a enfrentar la situación de manera madura (Cornejo, 2003).  La persona podría preguntarse: ¿hay una mejor manera de hacer frente a esto? ¿Cuáles son nuestras opciones?

Es importante dejar que su niño interior sienta sentimientos y llore las pérdidas. Así, el sujeto podrá permitirse expresar quién realmente es y permitirá soltarlo sin avergonzarse de él. Si se logra esto, se podrá consolidar un futuro más sano para la persona.

Como hemos visto a lo largo de este camino textual que hemos realizado, hemos encontrado la importancia de mejorar la relación existente entre la persona y su niño interior. Vimos como aquello que se vivió en el pasado (cuando la persona estaba en su niñez), afecta en el presente del adulto. Es por ello por lo que se busca que, con este artículo, se le regrese la importancia al trabajo terapéutico del niño interior, como un método para sanar al adulto.

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